Cuando suene La Marsellesa, Aymeric Laporte no tendrá que fingir que no la conoce. La cantó durante años, llevó el brazalete de Francia en categorías inferiores y esperó una llamada que nunca terminó de convertirse en debut. Después sonará el himno de España, el país con el que ya ha disputado 50 partidos, ha ganado una Liga de Naciones y ha sido campeón de Europa. Y cuando los himnos dejen paso al balón, no habrá espacio para demasiadas reflexiones identitarias: delante tendrá a algunos de los mejores atacantes del mundo y la responsabilidad de conducir a la Roja hacia una nueva final. Laporte se enfrentará este martes 14 de julio al país donde nació, pero hace tiempo que su historia dejó de ser una simple curiosidad burocrática. No está en España por la singularidad de su pasaporte ni para ofrecer una fotografía cargada de simbolismo ante Francia. Está porque se ha convertido en uno de los mejores jugadores españoles del Mundial, posiblemente el más fiable, y porque su presencia permite entender buena parte de la solidez que ha llevado a la selección de Luis de la Fuente hasta las semifinales. Frente a Bélgica estuvo colosal. No necesitó protagonizar una entrada espectacular ni acumular intervenciones desesperadas. Su partido fue el de los grandes centrales: anticiparse antes de que aparezca el peligro, corregir los espacios de sus compañeros y transmitir tranquilidad cuando el rival amenaza con convertir el encuentro en un intercambio de golpes. Completó 64 de los 66 pases que intentó y acertó en sus 12 acciones para romper líneas, una precisión con balón que ayuda a explicar por qué España puede defender tan lejos de su portería sin renunciar a salir jugando. El jefe de una defensa casi inexpugnable El gol belga terminó con la imbatibilidad española, pero no alteró una realidad más amplia. España ha llegado a las semifinales habiendo recibido un solo tanto en seis partidos. Ese registro no puede atribuirse únicamente a un portero, a un sistema o a la capacidad del equipo para monopolizar el balón. En el centro de esa resistencia se encuentra la pareja formada por Laporte y Pau Cubarsí, una de las mejores del campeonato, cuando no la mejor. La propia Francia ha destacado que España solo ha encajado una vez durante el torneo. La combinación funciona precisamente porque sus integrantes proceden de momentos y recorridos muy distintos. Cubarsí representa la exuberancia de un adolescente que juega con la serenidad de un veterano. Laporte aporta el oficio de quien ha pasado por Lezama, por la Premier League, por grandes torneos internacionales y por suficientes discusiones sobre su identidad como para no perder la calma ante casi nada. Uno anticipa y acelera la salida; el otro ordena, corrige y protege. Cubarsí se atreve porque sabe que Laporte está detrás. Laporte puede defender hacia delante porque confía en la lectura del joven central del Barcelona. Juntos permiten que España presione arriba, acumule futbolistas en campo contrario y sostenga una propuesta que exige convivir con muchos…


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