Mariano Rajoy ha sido noticia en los últimos días por su columna previa al partido que este martes enfrenta a nuestra selección con Francia. Para el expresidente del Gobierno, el conjunto galo es de «altísimo nivel», como opina cualquier persona a la que le guste el fútbol o, sencillamente, haya seguido el mundial. Ante la evidencia en la que todos estamos de acuerdo, el que fuera líder del Ejecutivo considera que los jugadores de les blues no son franceses, vertiendo así el mismo racismo que destilan quienes creen que Lamine Yamal o Nico William son menos españoles que ellos; un racismo en el que, quiero pensar, cada vez se encuentran menos. La gracieta (no es ninguna broma, pero conociendo a Rajoy tampoco sería disparatado que su intención fuera esa) no solo esconde tras de sí un pensamiento alejado de esa España plural que durante estos días se da la mano -permitidme el inciso, pero a uno hasta le da pena que deje de rodar la pelota, y no solo por lo estrictamente deportivo-, sino que define a la perfección lo que es, y sobre todo lo que fue, el antecesor de Pedro Sánchez en Moncloa: el líder de un gobierno marcado por la corrupción -el primero de nuestro país condenado por ello- y los recortes como eje central de su política. Todo, camuflado bajo la apariencia de hombre campechano. Porque sí, no vamos a ser hipócritas, es complicado encontrar a alguien que reconozca abiertamente que Mariano Rajoy le cae mal. Él lo sabe y ha puesto empeño en trabajar muy mucho esa imagen. O quizá no tanto y simplemente sea así. Puede que hasta exista un poco de cada cosa. Pero detrás del alcalde, el tractor, el vaso, el plato o la cerámica de Talavera, su verdadero historial de highlights no lo componen sus chistes ni sus ocurrencias, aunque sean las que han quedado en buena medida en el ideario colectivo, sino los ilícitos y la privatización. Recuerdo una anécdota: una de las últimas veces que vi a Rajoy en el desarrollo de mi profesión fue durante su comparecencia en la comisión de investigación de la Operación Cataluña. Posteriormente, más reciente, en sus declaraciones en el juicio de la ‘Kitchen’. Todos los compañeros, por la importancia de los asuntos que se trataban y la responsabilidad que ostentamos, seguimos con atención lo que decía el expresidente en el marco de los hechos, pero mentiría si dijera que no estábamos también pendientes de si hacía alguna de las suyas, a veces incluso noticiables. Rajoy tiene esa virtud, provocada o natural, de hacer reír, de caer simpático. Siempre es algo positivo, sin duda, y más en un político, pues te acerca a la gente. El problema es cuando ello desvía el foco de lo crucial. Robar a manos llenas no es gracioso, destrozar lo público, tampoco, y el racismo o cualquier otra forma de desnaturalizar a cualquiera por razones étnicas o sexuales, desde luego que no. Sin embargo, esa ha sido la hoja…


Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.