Desde hace bastante tiempo, una buena parte de la producción editorial es tal que así: autor o autora joven, hijo de una clase alta ranciosa o liberal – caben en este sector desde el hijo del vizconde al de un catedrático imberbe de la Complu –, decide buscarse las lentejas en sectores decadentes de la producción cultural, trabajo cognitivo, lo llamará, deseoso de una posición tan cómoda en lo pecuniario como flexible en lo laboral que le permite currar desde casita y en pantuflas, por lo que elige trabajos imposibles para el currículum vitae de los peatones de la historia como ser guionista de cine o comisario cultural; el chavalito o chavalita se sumerge entonces en una vorágine de inconformismo y malos sueldos que llamará precariedad – porque la pobreza es el infierno de los otros, ¿sabéis?; la pobreza es atemporal, sempiterna, es lo que sufrimos nosotros; ellos solo sufren una precariedad bien acotada en el tiempo – y le ahogará una extraña desazón de clase: ¿cómo puede ser que él, súcubo de vizconde o catedrático, esté pasándolas canutas para llegar a fin de mes, mendigando a papá un ingresito para pagar el estudio guay de Madrid Río, zona antes llamada Carabanchel Bajo?, ¿por qué no se le abren las anchas avenidas de las riquezas por las que paseó antes su progenitor y le llega al fin el sueldazo, el privilegio, la posición acomodada que le corresponde por herencia de clase? El escritor o escritora se frustrará entonces por pasar más tiempo del esperado en una clase que no es la suya – aunque lo achacará a otras cosas: al estrés, quizá, o incluso a no sentirse realizado como parte de la vorágine insoportable del mercado laboral al tocarle currar, sorpresa, en proyectos que no son lo suficientemente chulos – y lo dejará, y decidirá invertir todo su tiempo, gracias al santísimo ingresito de papá, en escribir una novela no muy larga donde contar sus loquísimas aventuras con el éxtasis en polvo y los polvos mal echados que se gestan entre pitis vanidosos al calor de las discotecas de la calle Cardenal Cisneros; polvos, por cierto, horribles, poco eufóricos, olvidables, pero que se encargará de recordar meticulosamente en las páginas de su incipiente novela al culpar con una adjetivación de primaria a sus parejas sexuales. Ahí reside la clave de su librito: todo será culpa del otro, o de los otros; de un mercado laboral triturador, de unas parejas sexuales que no follan como manda el canon, de unos jefes cínicos; el libro será un paseo por la autocompasión y autoindulgencia que culminará con una reflexión patatera sobre el valor de la amistad y la ternura, dos asuntos que planteará como revelaciones literarias hondísimas aunque las haya robado de Twitter. El libro se publicará gracias a los contactos de papá, no lo dudéis, y venderá doscientas cincuenta y seis copias que darán autoridad semántica al escritor o escritora para definirse como novelista. Ayuso ha anunciado que también publica libro y…


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